Parte 1.
Tenemos que encontrar a Sánchez, dijo Javier. La han visto?
No, creo que salió hace rato con Eugenia. - Gabriela
Sánchez y Méndez son las únicas que faltan. Tenemos que encontrarlas. Tenemos que irnos ya.
Seguro que no andan por aquí, coach? - Diana
Diana, voltea a tu alrededor. Las ves en algún lado??
Diana volteó escaneando el cuarto. A lo lejos niños jugando, sus gritos y risas haciendo eco en la sala. Unas personas jugando cartas en una de las mesas. Un viejito acostado en un camastro.
No, supongo que no, contestó.
El viejito en el camastro veía a Diana fijamente. Parecía no parpadear...
Bien, niñas, tenemos que quedarnos juntos y salir de este edificio cuanto antes.
Gabriela y Julia se tomaban de las manos. Su respiración entrecortada y sus ojos de platos no dejaban de voltear en todas direcciones.
Bueno, nomás dejen pregunto a ver si alguien vio a Eugenia y Miriam.- Diana
Estás loca!? A quién piensas preguntarle!? - Javier
No sé, a los señores de allá o al viejito de allá - Diana señaló hacia el centro de la sala y luego a la esquina que estaba cercana. No había terminado de hablar cuando sus tres compañeros dieron dos pasos hacia atrás y se juntaron aún más, alejándose al mismo tiempo de ella.
Diana estaba tranquila y no entendía porqué se alejaban de ella sus compañeros. Vio sus caras y percibió su miedo.
Mmm... ustedes no los ven?
Diana, nos estás espantando, ya bájale, ok?? Estamos solos. No hay nadie.
Para Diana el lugar estaba igual de vivo que horas antes. Parecía una fiesta. Estaban los niños jugando y corriendo por todo el lugar, los señores hablaban, jugaban cartas, reían, fumaban, tomaban, tiraban las servilletas accidentalmente.
En otra ocasión se hubiera callado y hubiera seguido las instrucciones del entrenador, pero esta vez involucraba a Eugenia y Miriam y sentía que tenía que ayudarlas. Nunca fueron sus amigas ni creía que lo iban a ser, pero eran sus compañeras.
Suspiró.
Coach, yo sé que piensan que soy tonta... o rara... o las dos... pero bueno, sé que puedo encontrar a Eugenia y Miriam. Si quieren irse, yo los entiendo. Yo puedo quedarme hasta encontrarlas y los veo fuera de aquí. - Diana
El entrenador volteó a ver el lugar derrumbándose, la sala en tinieblas, con sólo la luz de las estrellas y la luna que entraban por las ventanas. Sabía que el edificio no aguantaría mucho más y no tenía idea de cuántas personas habían quedado aplastadas por muros y techos en otras partes del edificio. Se sentía responsable por las vidas de las niñas. Después de todo, él era el maestro, él era el adulto. No podía dejar a nadie, pero tampoco podía arriesgar sus vidas por más tiempo. Decidió tomar la propuesta de Dianita, a contra de su buen juicio y con la esperanza de que no estuviera loca o de que un milagro sucediera.
Maestro, no le va a hacer caso, verdad?? Maestro, mejor ya vámonos, que ella las busque, vámonos!! - reclamaban alternadamente Julia y Gabriela
Niñas, vamos a seguir a Dianita hasta donde sea posible. No quisiera que algo les pasara a ninguna de ustedes y no vamos a dejar ni a Eugenia ni a Miriam ni a Diana. Nadie se queda atrás, entendido?
Cuando Diana escuchó al maestro, se separó del grupo y se dirigió a una mesa que para ella estaba vacía.
Hey, alguien de aquí vio a dos niñas con uniforme como el mío, una de cabello largo y guero recogido en una coleta de caballo y otra de pelo corto negro con broches de florecitas de brillantitos?!!
Las personas en la mesa de las cartas voltearon a verla mientras hablaba y luego volvieron a su juego, excepto una de ellas que le pidió se callara porque la estaba desconcentrando y necesitaba ganar ese juego. Una señora en el fondo le dijo que sí las había visto, pero que no sabía donde estaban y le deseo suerte.
El viejito de la esquina le llamó con la mano. Diana se acercó y en voz baja, entre tosidos le dijo que él sabía dónde estaban, pero que no era fácil ir por ellas. Se ofreció a ayudarle y también le preguntó porqué le interesaba ir por ellas si no eran sus amigas.
El gesto de Diana le reveló sorpresa y curiosidad.
Yo nomás digo eso porque escuché lo que te decían en la tarde. Esas niñas no son de confiar, ninguna de ellas... y tu maestro no es más que un muchacho asustado al que le falta mucho cerebro... Tú deberías de irte sola. También si quieres yo te llevo a la salida por la ruta más segura. Yo ya llevo mucho tiempo aquí, conozco este edificio como si fuera mi propia vida y te digo que hay muchos lugares peligrosos y no nomás porque los arquitectos eran unos pazwatos, hay cosas... seres... que quieren lastimar nomás para reirse un rato... eso no está bien, mira cuando yo estaba en la escuela, en la primaria había muchos niños que nomás andaban viendo qué maldad podían hacerle a sus compañeros y a veces también a los maestros. Me acuerdo de una vez, la Señorita Márquez nos había estado preparando para un examen de concurso...
Señor, perdón, no lo quisiera interrumpir, pero necesito encontrar a mis compañeras, me va a ayudar?
Ay mijita, claro, perdón, perdón, vamos.
Diana les hizo seña de que la siguieran y tomó la mano del señor. Sin trote ni nada, el viejito se trasladó hasta la puerta en un parpadeo, y Diana se quedó parada con la mano del señor visiblemente en su mano. El brazo se estiraba hasta donde estaba él en una nube. Vio la nube y se sintió un poco mareada. Luego vio el brazo del señor, y su hombro. No se explicó cómo había recorrido esos 5 metros en unos segundos. Volteó a ver a sus compañeros.
Javier se movió detrás de Julia y Gabriela y las empujó con delicadeza hacia la puerta. Las niñas estaban tan sorprendidas que su razón estaba ausente y se dejaron guiar por el maestro, quien se dejaba guiar por la promesa de salir bien de ahí con todo y las niñas de quienes se sentía responsable.
Diana y el viejo atravesaron la puerta y los esperaron fuera de la sala, con todavía menos luz, pues ahí no había ventanas, sólo el techo que se extendía a solamente un piso más, donde se encontraban las suites más elegantes. De ahí para abajo, los 32 pisos se veían casi en ruinas y a penas sosteniéndose.
La puerta fue difícil de abrir por el escombro del otro lado, pero a fin de cuentas Javier salió de ahí y tomó con una mano la mano de Diana y con la otra a Julia. Gabriela no había reaccionado y si no hubiera sido por Julia, se hubiera quedado ahí parada, casi catatónica, con gesto de ansiedad mientras llovían pedazos de pintura, yeso y concreto del techo. Los cinco atravesaron la pared gracias a las habilidades y la condición de fantasma del señor...
No esperaban encontrarse del otro lado de la pared, con proyectores viejos y sillas pasadas de moda llenas de telarañas, termita y polvo. Una la quiso tocar Gabriela para ver si se caía o si todavía podía tener uso, pero un jalón la llevó a una pequeña sala de proyección. Una cinta de ocho milímetros empezó a cocrrer en la pared.
(continuará...)
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