En el mundo salvaje, los animales huyendo a muy altas velocidades de sus depredadores, aplastan y deshacen las amorfas piedras, las plantas que repararán sus hojas molidas, sus flores despedazadas. Los insectos se mueven rápidamente para evitar el paso. Un trozo de tierra solidificada se desprende de lo alto de un barranco, rebotando entre otras piedras, en bordes. El abismo no termina para la tierra inanimada, animada que desata un pico desde su interior. Sale una membrana que escurre polvo para extenderse en un ala y luego otra. Vuela y reconoce la copa de los árboles. Las membranas se espinan y de las espinas crecen plumas, patas.
Un águila vuela sobre el bosque, buscando donde anidar. Su alma es libre y el viento corre entre sus dedos, acaricia sus plumas, choca con sus ojos.
Otra águila se une a la búsqueda, sobrevolando paisajes que nunca antes había visto, uniéndose al trabajo de recolectar piezas para el nido cerca del cielo, desde el que caen ramas y piedras con ánimas que tal vez despertarán.
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